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La primera distinción nos lleva a la
pregunta por el “talento”. El talento por definición se relaciona con la aptitud
natural para hacer alguna cosa, capacidad innata que debe ser acompañada por el
entrenamiento y la mejora continua.
Ahora bien, cuando pensamos en una
organización, el talento “es” en tanto lo es para, en tanto definitivamente
aporta a los objetivos del negocio, y esto no siempre está asociado a alguna
característica especial o destacable, sino simplemente a un saber acerca de
“cómo se hacen las cosas acá”, que nos llevará a reflexionar sobre el impacto de
la rotación en determinados puestos “claves”.
Una vez identificados estos
perfiles, se abre un camino de oportunidades e interrogantes: ¿qué acciones
podemos implementar para retener a estos empleados? ¿qué es lo que los mantiene
en la organización?
Las respuestas parecen orientarse
en primera instancia a las posibilidades de desarrollo personal y profesional,
dentro de un contexto de reconocimiento por los logros alcanzados y de
motivación por sentirse actores de lo que ocurre, no meros espectadores de los
proyectos de otros.
Y aquí es donde los responsables de
las áreas de RRHH estamos siendo fuertemente convocados: a generar alternativas
innovadoras que promuevan el sentido de pertenencia y la identificación con los
valores de la organización, a proponer opciones de capacitación que refuercen
los conocimientos ya adquiridos y abran nuevos caminos, a comunicar con la
verdad, a pagar según valores de mercado, en síntesis, a participar activamente
en la construcción de organizaciones más atentas y comprometidas con su gente,
donde realmente valga la pena trabajar...
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