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Existen buenas razones para que, quien esté pensando cursar un MBA –o cualquier otro programa de postgrado en materia de negocios– opte por hacerlo en una escuela europea. Las razones se tornan aún más convincentes si resulta que quienes van a tomar la decisión tienen interés en procurarse un talante internacional, en aprender a liderar organizaciones diversas en un mundo cada día más interdependiente.
Ya sea por voluntad propia o por necesidad, las escuelas europeas se han preocupado de dotar a sus alumnos de las actitudes, la sensibilidad y las habilidades necesarias para gestionar negocios en el ámbito internacional. Tal orientación ha constituido, al menos en parte, una respuesta a los requerimientos del proceso de integración europea. La consolidación de la Unión Europea ha llevado, tanto a las grandes como a las pequeñas empresas europeas, a invertir y comerciar traspasando fronteras. Estos procesos han demandado un perfil de directivo capaz de lidiar con la ambigüedad, las incertidumbres y las complejidades asociadas al hecho de hacer negocios en contextos culturales, legales e institucionales diferentes.
Para hacer frente a esta necesidad, las escuelas europeas se han visto obligadas a cultivar la diversidad en sus claustros y entre su alumnado. El tiempo ha demostrado que estas habilidades son exactamente igual de valiosas para los directivos europeos que para los de cualquier otra parte del mundo. Una tendencia afortunada que está siendo capitalizada por las escuelas europeas. Los alumnos de las escuelas de negocios europeas, no sólo tienen ante sí unos contenidos académicos con fuerte carga internacional, sino que sus tareas cotidianas los llevan a vivir muchas experiencias de aprendizaje en las que han de colaborar, discutir, negociar, persuadir y comunicarse en un entorno en el que no valen los atajos culturales locales. Como ocurre con cualquier otro tipo de habilidad, la práctica resulta insustituible para aprender a trabajar con personas de otras culturas, y las escuelas de negocios europeas proporcionan una base de aprendizaje sin igual y harto eficaz para ello.
Una segunda ventaja de los programas europeos está relacionada con la capacidad innovadora de estas escuelas, en lo que hacen y en cómo lo hacen. Las escuelas de negocios europeas han definido su camino con bastante independencia respecto a la institución universitaria. De hecho, las de mayor renombre ora son instituciones autónomas –como el IMD, el INSEAD, el Instituto de Empresa o la LBS– ora están bajo el paraguas institucional de la universidad pero con un elevado grado de autonomía –como ESADE-Ramón Llull, IESE-Navarra, Judge-Cambridge, RSM-Erasmus, SDA-Bocconi o Saïd-Oxford–. Esta autonomía les ha permitido ser más flexibles, más dinámicas y más innovadoras en términos de oferta de programas, política de profesorado y gestión financiera, de lo que las burocracias universitarias tradicionales les habrían permitido en condiciones normales. Un ejemplo muy claro de innovación lo constituye el programa MBA de un año de duración, ofrecido actualmente por varias escuelas, como el IMD, el INSEAD o el Instituto de Empresa.
Es obvio que un buen número de alumnos con experiencia sencillamente no pueden permitirse, por razones tanto financieras como de carrera profesional, apartarse del mercado durante los dos años que requiere el seguimiento de los programas MBA originales y, hoy por hoy, estándar. Criticado inicialmente por las instituciones tradicionales defensoras de dicho estándar, el modelo intensivo de un año ha dado muestras, a través de sus años de andadura, de satisfacer y superar no sólo las expectativas de formación de los alumnos experimentados, sino también las necesidades y expectativas de los responsables de selección de los grupos empresariales, los bancos de inversión y las consultoras más importantes del mundo. Esa capacidad innovadora se pone de manifiesto también en la adopción de tecnologías alternativas para el dictado de clases, en la incorporación de dinámicas de aprendizaje y ejercicios prácticos no tradicionales, o en el intento de dotar de nuevos contenidos a los currículos, con vistas a exponer a los alumnos a la amplia variedad mundial de formas de entender el capitalismo de mercado.
Por último, las escuelas europeas también han brillado a la hora de hallar nuevos caminos para asociarse con grupos empresariales y volcar el valor de estas relaciones sobre su actividad lectiva. Con muy escasas excepciones, las escuelas europeas no han llegado al nivel de las instituciones americanas en cuanto a conseguir donaciones filantrópicas de grupos empresariales o de individuos adinerados. Si bien esta limitación lleva emparejadas algunas desventajas, también ha tenido efectos indirectos positivos.
Así, las escuelas europeas han tenido que ser creativas y buscar vías alternativas para ofrecer valor a los grupos empresariales, con vistas a conseguir apoyo financiero por parte de los mismos. Esto, ha traído consigo la puesta en marcha de programas de investigación y de aprendizaje que determinen la actividad del cuerpo docente a partir de las prioridades de las empresas. Esta vinculación ha tenido como efecto el aproximar la atención de los cuerpos docentes a los problemas más relevantes a los que se enfrenta la comunidad empresarial –en lugar de a los problemas más interesantes para la comunidad académica– y a centrar en dichas cuestiones el aprendizaje de los alumnos.
Los programas de formación para ejecutivos son parte central de la misión y de la actividad de las escuelas europeas destacadas. El profesorado de dichas escuelas distribuye inevitablemente su tiempo de docencia entre los programas de postgrado, como el MBA, y los programas abiertos, o a la medida, para ejecutivos con experiencia profesional. Esta actividad tiene para los profesores el valor añadido de fortalecer su conocimiento de las prioridades de la comunidad empresarial y les permite ser más eficaces en la formación de los alumnos de programas de postgrado.
Las escuelas de negocios europeas revisten una variedad de formas tal, que uno puede sentirse tentado a desechar la idea de un verdadero modelo europeo de formación en materia de negocios. Sin embargo, puede ser precisamente esa diversidad lo que da entidad al modelo europeo y la que hace también del mismo una alternativa muy atractiva para los estudiantes y ejecutivos provenientes de otras partes del mundo.
En las últimas décadas, las escuelas europeas han demostrado el nivel de eficacia de la formación que ofrecen. En los próximos años puede que presenciemos cómo estas escuelas toman la iniciativa en la definición del modelo de formación empresarial del futuro, en la medida en que, demuestren contar con ventajas singulares para desarrollar el tipo de liderazgo empresarial que va a demandar el siglo XXI.
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