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Estas son preguntas que cualquier directivo
actual se puede plantear, sentado en su despacho, contemplando su mesa de
trabajo inundada de artículos, reportajes, programas de formación, proyectos
de consultoría.... relacionados con este tema. Ante esta avalancha, es lógico
que surja el escepticismo. Cuando la gente tiene oportunidad de contrastar estos
mensajes con las prácticas y estilos que predominan en sus empresas, el
escepticismo se torna en rechazo.
No es raro que, más de un profesional ya
experimentado y escaldado de promesas incumplidas y programas de formación que,
en el mejor de los casos, no son más que un brindis al sol, considere esto del coaching
como el último “juguete” con el que se entretienen profesores, consultores
y responsables de recursos humanos. Muchos directivos piensan, probablemente
porque así lo han experimentado, que lo único que vale en el desarrollo
profesional, y a veces ni eso, son los resultados, cifras de negocio puro y
duro; lo demás es palabrería, humo.
Yo, sin embargo, creo que el coaching no es
una moda pasajera. Considero que responde a un nuevo esquema organizativo y
empresarial cada vez más generalizado: el directivo es el máximo responsable
de las personas a su cargo. Este nuevo paradigma, viene impulsado por
determinadas circunstancias del entorno actual: mayor competencia y
diversidad de una fuerza de trabajo cada vez más cualificada. Además de
la ampliación del ámbito de control o, lo que es lo mismo, reducción de
niveles jerárquicos. El caso es que cada vez dirigimos más empleados, más
heterogéneos, más capacitados y autónomos y, en ocasiones, más estresados.
En este contexto, tan cambiante ¿qué estilo
de dirección es más eficaz?, ¿en qué medida las organizaciones de hoy
necesitan que sus directivos asuman mayor protagonismo en el desarrollo
profesional de su gente?, ¿hasta qué punto debemos hablar de habilidades de
liderazgo más que de habilidades de dirección?, ¿qué relación tiene esta
dimensión de líder con la idea de coaching? En mi opinión, el nuevo
esquema exige un cambio de base, un nuevo enfoque cultural, una nueva filosofía
empresarial, sin la cual resultará difícil encajar las demás piezas del
puzzle. Si algo hay que pedir a las organizaciones y a sus máximos dirigentes
es coherencia, que las principales dimensiones organizativas estén alineadas en
un proyecto consistente: estrategia, estructura, políticas y procedimientos,
estilos directivos, competencias, talantes, tipos de personas, ... todo ello
debería estar integrado en una visión común. ¿Cuál es la visión que
inspira al coaching y al desarrollo personal? Aquella en la que se asume
que el profesional es antes persona, que difícilmente se va a desarrollar el
profesional si no se desarrolla en paralelo la persona, integralmente, en todas
sus dimensiones. Esta nueva visión, asigna al “jefe” tradicional una nueva
función: la de coach – facilitador.
¿Qué se espera de este “nuevo
jefe”?
-
Que ayude a su gente a adquirir los conocimientos y habilidades
necesarios para un buen desempeño de su trabajo (aptitudes).
-
Que contribuya a la creación de un sano ambiente laboral,
estimulante y retador, en el que los buenos profesionales puedan dar el máximo
rendimiento del que son capaces (actitudes).
-
Que identifique comportamientos específicos y observables que
lleven a la excelencia en el desempeño (competencias – conductas)
- Que
dichos comportamientos y niveles superiores de desempeño se traduzcan en
una mejora de resultados para la organización.
¿Qué nuevas competencias exige el
buen desempeño de esta función?
-
Capacidad
analítica y de observación: identificar el encaje empleado/puesto de
trabajo más adecuado y detectar y analizar las posibles causas de un bajo
rendimiento laboral.
-
Capacidad
de autocrítica: asumir que algunas de nuestras limitaciones o defectos como
directivos pueden ser la causa de limitaciones o defectos de nuestros
colaboradores. A menudo, queremos ver en ellos réplicas exactas de lo que
somos nosotros, lo cual, además de aburrido, es empobrecedor.
-
Visión
estratégica de la carrera profesional: de la propia y de la ajena. ¿Es
nuestro estilo directivo compatible con la cultura de nuestra organización?
¿Cuál ha sido nuestra trayectoria hasta ahora en ella? ¿Qué nuevos
logros se esperan de mi? ¿Dónde me veo dentro de 1, 3, 5 años? ¿Hasta qué
punto depende mi éxito del éxito de las personas que trabajan conmigo?
-
Cercanía:
contacto en el día a día con los colaboradores. Es necesario invertir
tiempo y dedicación. Merece la pena, ese tiempo lo recuperamos con creces
posteriormente gracias a la mayor eficacia y autonomía de nuestro equipo de
trabajo.
-
Generosidad,
entrega, servicio: nos debe importar la otra persona, su desarrollo personal
y profesional.
- Confianza
– fe en la naturaleza humana: si pensamos que las personas no cambian, y
menos a partir de determinada edad, si no les damos oportunidades para que
demuestren su verdadera valía, entonces nada de lo anterior tiene sentido.
¿Es fácil ser un buen coach?
No, y menos con las enormes trabas y limitaciones que
surgen en el camino: bolsas de talento donde se le dice a la gente si vale o no,
falta de incentivos (extrínsecos, intrínsecos, económicos y emocionales) para
serlo (te piden desarrollar a tu gente pero que lo hagas o no, mejor o peor, no
tiene ninguna repercusión), etc. Pero siempre queda un consuelo, quizás el más
importante, desarrollar y contribuir a desarrollar, a uno mismo y a los demás,
es una recompensa intrínseca de tal naturaleza que una vez que uno la prueba es
difícil renunciar a ella.
Sumarios:
-
Muchos directivos piensan que lo único
que vale en el desarrollo profesional, son los resultados, cifras de negocio
puro y duro; lo demás es palabrería, humo.
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Desarrollar y contribuir a desarrollar es
una recompensa intrínseca de tal naturaleza que una vez que uno la prueba
es difícil renunciar a ella.
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